miércoles, 20 de marzo de 2013

QUINTO GANCHO: La cremallera.

EL ÚLTIMO CIGARRO
El cigarro de después.
El humo que vendías, el sudor que te costó.
Bebo para recordarte
Beso otras bocas para ver si saben como la tuya
Quiero querer como yo te quería.
Follar, para no sentir, sinténdiendolo todo.
Aprender idiomas en tus piernas
Vivir, gozando el vicio.



 EL PARQUE
Empezamos con un beso. Lo típico. Ella se acerca, yo me acerco, nos besamos. Hablamos un poco de todo. Queremos parecer pseudointelectuales, y nos dejamos la médula en recordar los títulos de las películas más raras que hemos visto. Intentamos impresionarnos. Mutuamente. Queremos ser interesantes. Y realmente lo somos. Y quien diga lo contrario no tiene ni puta idea.

Seguimos con otro beso. Esta vez más largo. Con más confianza. Más fluidez. La electricidad nos pega los labios y empezamos a ponernos cachondos. Como animales. Como el toro y la vaca. Como las gatas blancas que maúllan en los tejados, esperando a sus “gatos negros”, que ni son príncipes, ni son azules. Que se limitan a ser gatos.

Y yo me pongo perro. Y ella, cada vez, más gata. Se suelta y me agarra el paquete. Y yo le meto mano. Y mi culo calienta el banco, y sus rodillas se enrojecen con el roce. Y me saco la polla. Y se quita las bragas.

Y empieza a llover.


CLIMAX
El portazo calló todos mis pensamientos
y desaparecieron con la luz, las preguntas que me rondaban ¿Qué estoy haciendo?
Todo lo de la mesa, nos molestaba, las ropas que nos vestían nos sobraban y con los botones rotos, nos fundíamos como si en la Tierra sólo quedáramos unos pocos.
Tu barba le hacía cosquillas a mis muslos, tus manos se aprendían de memoria todos mis rincones más oscuros, mis ojos miraban al cielo de los tuyos, mis uñas rasgaban tu espalda y los besos hacían de nosotros, uno.
¿Y  que importaba quienes fuéramos, si ya éramos los mismos?
No importaba nada más, en ese momento mi vida se reducía a abrazar tu cuerpo sudoso, a acariciar mis huellas. Tener la mente limpia, en blanco, dentro de tanta oscuridad. La de esa habitación y la de tus ojos que despertaban mi desconfianza y que me hicieron deshacerme del calor interno que me invadía.
Había pasado de nuevo, ahora había caído, y del cielo, me di de hostias con la realidad.


EMPATÍA
Dos moscas follan sobre el cristal, y, por más que las miro, no veo ni una sola señal de que estén “disfrutando”. Parece que estén durmiendo una encima de la otra. Ni se inmutan. Simplemente están ahí, en el cristal, y yo las miro. Y es lo más antierótico que he visto en toda mi puta vida. Son menos atractivas que el Papa en enaguas. Es más, me producen incluso RECHAZO. Ni siquiera sé quién es la tía y quién el tío. Quién penetra y quién es penetrado.

Nos imagino a nosotros dos así. Follando. En la cama. Tirados uno encima de otro. En pleno acto. Quietos. Medio sobados. Como si follar fuese una obligación. Como si nos hubiesen puesto un revolver en la cabeza y me hubiesen obligado a metértela.

Me agacho. Me quito el zapato. Y, de un golpe seco, aplasto a las moscas.


LOS BUENOS DÍAS
Aquel rayo de luz, hacía brillar tu belleza, Tus labios sonreían hasta durmiendo y con tu rostro tranquilo, calmabas mi angustia mañanera de lo que podría ser un mal día.

Necesité besarte y así lo hice. BUENOS DÍAS dijiste, sin saber que tú eras el motivo de los míos.

Continuamos en un bucle de caricias, revelando mil historias acompañadas de risas, muchas risas.

Y como teníamos tantas cosas por hacer, nos lo hicimos todo. Y aunque quedaba tanto por decir, estábamos más guapos callados.


NADIE SE ACORDARÁ DE NADA, AL FINAL
El condón que jamás se usó y terminó por caducarse. Los sofás que mueren vírgenes. Las camas que jamás soportaron dos cuerpos locos. Las sábanas que nunca se ensuciaron. Los somieres que en la vida chirriaron. Los curas que predicaron contra el sexo, alabando sin embargo el milagro de la vida. Las madres que castigaron a sus hijos pajilleros. La cultura anti-sexual del buen gusto. La estigmatización educativa de las pollas y los coños. Los armarios sin amantes indispuestos. Las mesas a las que nadie, nunca, se sentó a follar. Los descampados que jamás se estrenaron. Las películas porno que no llegaron a rodarse.

Y lo que es más triste aún,
bastante más:

Aquellos lugares (y cuando hablo de lugares, hablo también de personas)
en los que nunca
habitó

el amor.