ACTO 1: El Tendedero
Vamos a tender los trapos sucios que todos
tenemos, a lavar las manchas que nos dejó el pasado, a colgarnos bocabajo.
La ropa lloraba, el viento limpió las lágrimas y luego el sol brillaba más fuerte que nunca.
Como casi siempre, hay manchas que nunca salen, que tienes que lavarlas más veces.
Esas vueltas de la lavadora, metafóricas de las vueltas que da la vida.
Y ¿qué hacer ahora que me encuentro en esta cuerda?, que a veces parece romperse y es la más firme. Nunca dejé que el viento me llevara demasiado ni que el sol me cegara, pero tengo manchas, manchas difíciles de quitar y por supuesto que quiero borrarlas.
En las cuerdas
del tendedero
las pinzas
de color
arden
bajo el sol
abrasador.
Nadie piensa
jamás en ellas
y sus colores queman
como fuego
en la retina.
Las de madera,
sin embargo,
sufren
bajo la lluvia
cuando el cielo
las pudre
con su sangre
cristalina,
dejando manchas
grises
en el corazón
de las prendas
que sujetan;
las prendas que
han recogido
durante todo el día
mi sudor,
y que yo me quito
vagamente
cada noche.
Es por todo esto que,
antes de echarlas a lavar,
intento,
cautelosamente,
que no se me quede
frío
el pecho:
Mi cuerda
es redonda,
y, a la hora de la verdad,
no hay pinzas
capaces
de soportar
el peso
de un corazón
mojado.
ACTO 3: Marionetas
Un corazón mojado, malgastado y mal usado.
En la cuerda floja, a punto de romperse.
Tiritando, goteando la SANGRE, el DOLOR, las LÁGRIMAS y la
TRAICIÓN.
Qué sería yo sin estas pinzas que me mantienen en pie, o sin estas
cuerdas, las del tendedero, que me manejan cual marioneta.
Que mueven cada uno de mis impulsos estáticos, que me hacen saltar
al vacío sin mirar y volver a estar cabeza abajo, a encontrarme en otro
tendedero, más estable y menos deseable que el anterior, con nueva ropa por
manchar.
ACTO 4: Bailarín
(a veces incluso bailo)
sobre la cuerda floja,
mientras le tiembla el pulso al nudo
que me tiene agarrada la vida.
Además,
no suelo bailar
piezas fáciles:
lo mío son los tangos de la muerte
y las rosas de espinas en la boca,
las cuales suelo arrojar al vacío
al terminar cada número.
Y lo peor es que,
además,
tengo la mala costumbre
y el egoísmo
de arrastrar conmigo
a mi compañera
de baile,
que,
todo sea dicho,
mueve los pies
como un ángel
y las caderas
como los remolinos
de viento.
Pero la cuerda es fina,
amigos,
está ya gastada,
enemigos,
y, llegado este momento,
familia,
nos hemos cansado ya
de bailar.
Así que guardad las navajas;
no hace falta que soltéis a los perros;
no es necesario que sigáis insultándonos desde abajo:
No vamos a tardar ya
demasiado
en caer.
Eso sí:
No os apartéis.
No solo los capitanes
se hunden con el barco.
Os aseguro que la tripulación,
al menos por esta vez,
tampoco tiene posibilidades
de salir
con vida.
¿Y qué es vivir, realmente?
Si no es tropezar en el baile, pisarse los cordones una y otra
vez, tirarse las copas encima.
Bailar con tu sombra, brillar con la luna,
casarse con el sol.
Sobrevivir
mareas, tragarse la sal, soportar el escozor.
Tocar fondo, salir a coger aire.
Tocar el cielo.
Romper los cristales, los estereotipos, abrir ventanas, dejar
pasar el aire.
Gritar al vacío que el eco te devuelva el grito.
Más fuerte, repetido, para que se te
quede grabado, con fuego, haciéndote sangrar los oídos.
Dejar que
suene el río, sin que lleve agua. Aguantar críticas sin mancharse la
conciencia.
Limpiarse los ojos, secarse la boca, curarse las yagas.
Vomitar
mentiras, dejarse la piel, sudar esfuerzo.
Sacar la basura,tirar esos trapos. Atarnos la soga y quedarnos colgados.
Sacar la basura,tirar esos trapos. Atarnos la soga y quedarnos colgados.
Como al principio, de ese tendedero, con
vistas a la mierda, donde se seca nuestro rencor.
Los vicios privados.
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